Convivencia social:
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Nada más bien visto que vivir en un condominio de lujo, pero el comportamiento de sus habitantes muestra su falta de civilidad y tolerancia: lanzan objetos por las ventanas, los niños se hacen caca en las piscinas y los adultos les rajan las pelotas de fútbol. Las querellas entre vecinos han llegado a las municipalidades, juzgados de Policía Local y hasta a la Corte de Apelaciones.Por Elizabeth Simonsen / Loreto Aravena
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HOGAR DULCE HOGAR A la entrada se emplaza un pórtico descomunal. Se impone con cierta jerarquía, clase y distinción. Las enormes extensiones de pasto, las fuentes de agua y las puertas de mañío que anteceden a cada una de las cinco torres invitan a una sola reflexión: una comunidad tranquila y feliz. Pero es sólo la fachada, pues al interior del condominio "Los Jardines de Providencia" -ubicado en la calle Marchant Pereira contiguamente al Parque Inés de Suárez- no todo parece estar tan quitado de bulla. Tan pronto como empezó a ser habitado (1997) comenzaron a suscitarse las disputas entre sus vecinos. Y es que convivir con más de 1.800 propietarios no es fácil y aún menos, si sus edades fluctúan entre 0 y más de 60 años. Los adultos mayores quieren paz y los niños, jugar. Dos extremos irreconciliables. "Las pichangas han sido el centro del conflicto. Se ha desatado una especie de guerra fría entre los niños y los adultos, porque los pequeños se sienten observados y vulnerados en su derecho a jugar. Entonces andan pateando las puertas y tocando los timbres de los vecinos más hostiles", señala la doctora Lucy Holzapfel, quien es miembro del comité de padres de la comunidad. Ella, junto a otros cinco residentes, presentó un recurso de protección ante la Corte de Apelaciones en agosto pasado. A través de él, le imputaban a la administración del recinto un procedimiento anómalo en la aplicación de multas y la alteración de la salud síquica de los niños. Desde hacía un tiempo, las sanciones -que ascendían a 1 UF- habían pasado a ser un cobro más dentro de la lista de los gastos comunes. Y los cargos eran inusitados: reírse fuerte, gritar en las escaleras, escupir y jugar sobre el pasto. "El Comité de Administración anterior dio órdenes a los porteros de anotar a todos los niños que infringían estas normas. Debían averiguar sus nombres y dónde vivían", dice Holzapfel. El recurso presentado ante la Corte de Apelacione fue rechazado. El juez estimó que el caso debía derivarse al Juzgado de Policía Local. Sin embargo, los padres recurrirán a la Suprema. Por el momento, rige una orden de no innovar, lo que implica el no pago de las multas. Según el actual presidente del Comité de Administración, Rodrigo Catalán, la comunidad ha sido tolerante con los menores y la actitud de los padres es exagerada. "Hubo advertencias a los niños que infringían el reglamento de copropiedad. Pero al no respetarlo, hubo que sancionarlos. Los chicos muchas veces perturban la tranquilidad de la gente". Pese a sus postulados, Catalán reconoce que el comité anterior cometió excesos. "Antes, la sociedad Ovalle y Cía. tenía la facultad de castigar. Y lo hacían por todo. Una vez multaron a un niño que le sacó el auto al papá, pero ese era un asunto que le competía a la familia". Fuera de las infracciones, lo que preocupa a los padres es el impacto sicológico que están sufriendo sus hijos dentro de la comunidad. Ellos aseguran que los niños ya no salen al patio y que cuando hay días bonitos, prefieren quedarse encerrados jugando Nintendo. Algunas madres tampoco les permiten a sus hijos bajar a los jardines, por temor a sumar un gasto más cada mes. El presidente del Comité de Padres, Alejandro Zapata, está arrepentido de haber comprado un departamento allí. "Y es que se ha llegado a extremos insólitos. El comité anduvo filmando a los niños, con el fin de mostrar, en las asambleas, lo que hacían". Tanto él como Holzapfel aseguran que hay gente enferma de los nervios. "Una vez de un propietario que le puso un cuchillo al cuello a un menor que jugaba y leordenó que dejara de hacer desorden. Más tarde pidió perdón y argumentó estar pasando por una situación difícil, porque estaba desempleado". |
Portazos a cualquier hora del día o de la noche; peleas y gritos que traspasan las paredes; colillas de cigarro, pan, bolsas de té y hasta muebles lanzados por las ventanas; vecinos que no se saludan desde la última pelea de sus hijos o porque se sacaron la parentela en la reunión de la junta de vigilancia; señores (y señoras) que envenenan al gato del vecino o que rompen a cuchillazos la pelota de los niños que, debido a las leyes de la naturaleza, fue a dar lamentablemente a su terraza. ¿Un cité del antiguo barrio de La Chimba, al otro lado del río? No. Tampoco un conventillo, de esos que todavía sobreviven en el Santiago poniente.
Puede tratarse de un edificio del sector oriente, con parques y club house; de un condominio estratégicamente ubicado en los barrios emergentes, o bien, yéndose al otro lado de Santiago, de un remodelado edificio para la clase media o de un conjunto de viviendas sociales en la periferia. El fenómeno cruza estratos sociales y barrios. Las situaciones descritas -todas reales- dan cuenta de que los chilenos no están acostumbrados a vivir en comunidad. Tanto así, que la primera querella entre vecinos llegó hace algunas semanas a ser conocida por la Corte de Apelaciones, pues un grupo de residentes del sector de Providencia presentó un recurso de protección.
Falta tolerancia, civilidad y respeto a las normas, aseguran los expertos. Por el contrario, hay exceso de individualismo, de arrogancia y de arribismo. Los condominios se han transformado en los conventillos modernos.
El comentarista deportivo Eugenio Cornejo vive desde hace un tiempo en el conjunto de edificios Imago Mundi, de la avenida Cristóbal Colón. Concebido como un lugar que ofrece de todo para sus habitantes, la conducta de éstos dista mucho de lo ABC1 del lugar: "Los niños se hacen caca y vomitan en la piscina. Además, viven pandilleros que son criados por nanas y cuyos padres no los pescan. Andan macheteando adentro del edificio. Una vez se bajaron los pantalones en los estacionamientos subterráneos y arrinconaron a unas niñitas. Llamaron a un carabinero, pero al parecer no se resolvió nada".
Casos similares a este se repiten en todas las comunas. Los administradores de edificios reconocen que los vecinos se portan mal: arrojan cigarros a los jardines, sustraen los diarios y limpiapiés de las puertas, no se respetan los horarios para las fiestas, las señoras riegan las terrazas hasta inundarlas y los niños rayan los autos.
Incluso, los conflictos llegan a los municipios, los juzgados de Policía Local y hasta los tribunales del Crimen, cuando hay delitos.
La Municipalidad de Providencia recibe en promedio 20 casos mensuales, pero hay meses -en especial los de invierno- en los que las denuncias suben a 50. En 1999, en la comuna de Santiago, se tuvo que crear una unidad especializada debido a la aparición de los primeros problemas: en el último año recibieron 130 casos.
Si bien es difícil hablar de un aumento propiamente tal, es un hecho que las rencillas han surgido a medida que más santiaguinos se mudan a vivir a condominios.
"No hay cultura de vivir en departamentos", sentencia el sociólogo Tomás Moulián.
En ambas municipalidades los principales conflictos son por ruidos molestos; uso de espacios comunes, como estacionamientos, zonas de juego o pérgolas; gastos comunes (cobros excesivos o el no pago de éstos), y problemas con la administración del edificio.
Muchas de las denuncias tienen fundamentos, pero en otras hay clara intolerancia. Ejemplos de ello son los reclamos por ruidos de refrigeradores o porque el vecino se levanta de madrugada al baño y hace sonar el estanque, porque no se ponen de acuerdo en plantar rosas o cardenales en los jardines o porque la pelota cae reiteradamente en las terrazas del primer piso. A veces, también las soluciones son exageradas, como ocurrió en un conjunto de Santiago poniente en el que, para evitar que la pelota se escapara, decidieron enjaular la cancha.
Por sus acciones...
Según el sociólogo de la Universidad de Chile, Patricio de la Puente, trasladarse a vivir a un departamento o conjunto habitacional implica un cambio drástico en la manera de vivir, que no siempre asumen sus protagonistas. "Hay un cambio en la concepción del espacio privado: en las viviendas unifamiliares, las personas están acostumbradas a tener su propio patio". Pero hasta que se mudan a esta nueva forma de vida, nadie puede ensayar el nuevo estilo.
La administradora de edificios, Mariana Vargas, explica que en una comunidad se nota inmediatamente quiénes están acostumbrados a vivir en edificios y quiénes provienen de casas. Los portazos, la televisión o la radio a todo volumen, el exceso de agua en las jardineras, son conductas que delatan a los "novatos".
Pero si bien muchos pueden no estar acostumbrados, es en esa transición donde juegan factores claves para que la convivencia no se transforme en un dolor de cabeza. "La tolerancia, el respeto a las normas, el sacrificio de ciertas conductas en pos de un bien común y de los beneficios de habitar un condominio, como la seguridad", agrega el arquitecto y urbanista Víctor Gubbins.
La Municipalidad de Providencia tuvo que mediar recientemente entre dos propietarios de departamentos ubicados uno al frente del otro. El denunciante alegaba contra su vecina, que practicaba tai-chi y danzas orientales. No era el ruido de la música lo que le molestaba, sino que realizara su actividad en la ventana, justo frente a su departamento. La joven tuvo que transar y cerrar las cortinas cada vez que practicaba su hobby.
En la comuna de Santiago centro, los vecinos del departamento superior de Jorge Inostroza presenciaban, el 3 de junio pasado, el partido de Chile contra Uruguay. Cuando terminó, comenzó a subir la intensidad de los ruidos. Chile había perdido. Entonces, empezaron a caer botellas desde la ventana; luego, platos, vasos y maceteros. Todos iban a parar sobre el auto de Inostroza. Le rompieron el parabrisas y le abollaron el techo. Inostroza aún espera la resolución del Juzgado del Crimen. Pese a que el autor de los desmanes reconoció haber estado "volado" y "borracho", el parte se perdió en dos oportunidades... El joven residente del edificio está ahora prófugo.
Tan insólito como el anterior resulta el caso de un arrendatario que vivía en el sector de Vital Apoquindo. Un sábado en la mañana, sonó su teléfono y alguien le preguntó por "las películas que se vendían y cómo se hacía para ir a buscarlas". Sin entender lo que pasaba, el "cliente" le explicó que había visto un aviso en el diario que decía "cintas para adultos". El inquilino, que se desempeñaba en un conocido medio de comunicación, se cercioró de que el anuncio no tuviera ningún error. Estaba perfecto. Siguió sin entender nada, hasta que al día siguiente quiso hacer una llamada. Al descolgar el teléfono, se dio cuenta de que el aparato estaba intervenido. Entonces, llamó a la compañía, la que constató que su vecino había "pinchado" su teléfono y lo utilizaba para su "negocio". Cansado de la situación, el profesional decidió encararlo. Pese a que el oportunista reconoció la venta de películas pornográficas, adujo que las otras personas que vivían en el mismo departamento con el arrendatario lo habían autorizado para colgarse de su teléfono. Al declarar lo mismo ante Carabineros, no quedaba otra que recurrir a la justicia. Pese a que esto no se concretó jamás, los vecinos lograron expulsarlo del edificio por otros motivos: era un abogado alcohólico, que no cumplía con el pago de los gastos comunes y que protagonizaba escándalos de violencia intrafamiliar constantemente.
El fantasma del chalet
Para Tomás Moulián, el fenómeno se produce, en parte, porque la ilusión del chalet está todavía presente en la sociedad chilena. "Es un concepto individualista del hogar, que permite la expresión de cada familia y la posibilidad de generar diferencias respecto al gusto y a la suerte de ellas".
Según algunas encuestas, el 90 % de los santiaguinos prefiere la casa al departamento. Sin embargo, en la realidad el 60% de la oferta habitacional la constituyen los departamentos. La mayor oferta de condominios (debido, en parte, a la necesidad de densificar) y el precio del uso del suelo han postergado la ilusión del chalet. Casi autoforzada, la gente se traslada a vivir a condominios por la seguridad que ofrecen, pero también como un modo de ascender socialmente. "Como vivir en casa implica una mayor inversión, tendrían que optar por un barrio menos acomodado. Entonces se cambian a un departamento por el barrio", explica Francisco Santibáñez, sociólogo del Instituto de Estudios Urbanos de la Universidad Católica.
Es un fenómeno que nació en Estados Unidos con los suburbios, especies de condominios aislados del resto del vecindario, que prometen felicidad eterna. La versión chilensis abunda en comunas emergentes. "A diferencia del barrio, un concepto europeo que implica diversidad y uso del espacio público, el suburbio angloamericano es homogéneo, en cuanto al nivel social, de edad y al uso del suelo, sólo residencial. Quienes viven allí pertenecen a una clase media ascendente, con mayores recursos que sus padres y que buscan en el suburbio una identidad social y un status. Lo mismo sucede en Chile", agrega Santibáñez.
Ese anhelo de ascenso implica que sus residentes tengan menos tolerancia. La concepción ideal es que todos sean homogéneos, pero en la práctica se encuentran con pobreza disfrazada, con que viejos, niños y jóvenes deben compartir el mismo espacio común teniendo otros objetivos de vida.
La ilusión del chalet está muy ligada a una cultura enraizada con el campo. "La gente añora un patio, un lugar donde plantar sus florcitas y hasta unas lechugas", añade Gubbins.
Tanto que en algunos edificios los residentes del primer piso simplemente se apoderan de los espacios comunes. Les colocan rejas, construyen una terraza y ponen sus plantas, o bien levantan una logia.
La situación es más generalizada en los estratos bajos, donde el tamaño de los departamentos es reducido. Un claro ejemplo es la Comunidad Andalucía, construida por Fernando Castillo Velasco y ubicada en el casco antiguo de Santiago. Allí, la superficie de las viviendas sociales fluctúa entre los 31 y los 58 metros cuadrados. Según la presidenta del comité de vigilancia de la comunidad, Carmen Tolosa, "hay casas en las que viven hasta 10 personas y a ellos no les ha quedado otra que sacar sus cocinas al patio. La mayoría de los vecinos ha hecho su ampliación con tanto esfuerzo, que sería una pena demolerla". Pese a que en 1996, se produjeron algunas disputas (llegaron incluso a un Juzgado de Policía Local), hoy la comunidad está llegando a un acuerdo. "Acá hay una señora que está construyendo un segundo piso y como las casas están pegadas, eso le estaría quitando luz a su vecino. Pero todo se está conversando", dice Carmen.
La situación también se dio en un conjunto de la comuna de Providencia, donde los propietarios de un primer piso enrejaron el jardín común y lo utilizaron para secar ropa.
Empleados puertas afuera
Tomás Moulián recuerda que, a inicios de la década del 70, vivía en una de las entonces recién inauguradas comunidades de Castillo Velasco. "Allí había gente de distintas visiones políticas, pero todos querían compartir el espíritu comunitario. Por ejemplo, no funcionaba el toque de queda y por eso, las fiestas duraban hasta la madrugada. Esa actitud generaba tolerancia frente a los pequeños conflictos que iban surgiendo".
El sociólogo cree que hoy ese espíritu se perdió. Pese a vivir en departamento, las personas se comportan como si estuvieran en una casa. Además, existe una tendencia a residir cada vez más puertas adentro que a ocupar los espacios públicos, lo que genera mayor individualismo y anonimato entre los vecinos. Ya no interesa saludarse ni saber quién vive al lado, basta con levantar la pera en el ascensor o estacionamiento común, para no pasar por mal educado.
La falta de participación es uno de los temas que más preocupan a los administradores, porque los vecinos delegan en ellos lo que les corresponde y también lo que es materia estricta de cada departamento. "Nos piden de todo. Que les consigamos un gásfiter para que les arregle la llave de la ducha de su departamento. Incluso, una vez me llamó una señora de un condominio de Pocuro a las 3 de la mañana a mi casa, porque un gato maullaba en el tejado y no la dejaba dormir...", relata Mariana Vargas.
Manuel Batarce, presidente de la Asociación de Administradores de Edificios, cuenta que en una ocasión toda la comunidad de un edificio se quejaba contra un vecino, un ex marino extranjero y de hábitos bastante ruidosos. Los residentes llegaron a un acuerdo para que Batarce lo expulsara del recinto. "Yo tenía toda la responsabilidad en mis hombros, pues nadie le decía de frente a este señor que moderara sus hábitos. Hasta que un día le hablé. Me agradeció mi honradez y me dijo que iba a cambiar de actitud. Así lo hizo, pero en una ocasión el extranjero salió y dejó a sus perros solos. Estos ladraron toda la noche, lo que motivó nuevamente la ira de los vecinos. Al día siguiente, estábamos con la junta de vigilancia del edificio, tratando el asunto, cuando ingresó el polémico señor.
Estaba tan exaltado, que se lanzó sobre uno de los vecinos y comenzó a golpearlo. Lo logramos sacar. Entonces, todos reclamaron y decidieron denunciarlo. Partimos a la comisaría, cada uno en su auto. Pero sólo llegué yo. Ni siquiera el agredido apareció".
Los vecinos tampoco asisten a las asambleas, no contestan las encuestas y ni siquiera se leen el reglamento.
El sociólogo Santibáñez explica que investigaciones norteamericanas realizadas en suburbios han demostrado que los residentes no se conocen ni les interesa hacerlo, pero sí están pendientes de qué auto tienen o qué nivel de ingreso poseen.
En Chile, la situación es similar. Aunque muchas veces estas pequeñas competencias sean subterráneas, los conserjes o porteros son los encargados de canalizar los rumores y aumentar las rivalidades. Moulián agrega que estas personas adquieren múltiples roles: desde el policía, hasta el encargado del chisme. Asimismo, van creando ciertas redes de amistades y se van tornando demasiado necesarios para algunas personas.
Similar situación sucede con las nanas, aunque en este caso el intento por segregarlas es aún más evidente: ninguna puede bañarse en la piscina e, incluso, hay edificios que tienen instalaciones sanitarias en el primer piso para ellas. Según los expertos, esto obedece a una necesidad de diferenciación física entre los estratos sociales, motivada por las posibilidades de ascenso de las menos acomodadas. "En países como la India, donde las castas están super claras, no necesitan de una separación física", agrega Santibáñez.
Según Tomás Moulián, esta falta de civilidad de los habitantes de los condominios trasciende los límites enrejados de éstos. "Es una sociedad muy poco liberal en lo moral y en el respeto a la diferencia. ¿Acaso alguien, incluso una mayoría, puede impedirle a otro que tenga un perro en su casa o puede prohibirle a los niños jugar en el pasto? Eso es un absurdo".
(Fuente: Qué Pasa, 26 de noviembre 2000)