Punto de vista:
El futuro que se nos viene

La interacción y sinergia que se produce entre computación y comunicación, por un lado, y entre ingeniería genética y nanotecnología por otro, generará un mundo por completo nuevo. De él no sabemos mucho: Puede ser una caja de Pandora portadora de horrores y sorpresas, pero también puede traer bienestar y consuelo al sufrimiento humano.

Fernando Flores, ingeniero civil, Master en Filosofía


Si predecir el futuro parece ser cada vez más arduo, la dificultad se multiplica cuando pretendemos guiar nuestras inversiones o carreras desde dichos augurios. En muchas ocasiones, el ejercicio de especular sobre el mañana nos muestra su cara peligrosa: a menudo nos priva de visiones acertadas; mientras que, a veces, nos transforma en ideólogos dogmáticos de nuestros propios prejuicios.

Pero no tenemos alternativa. Debemos esforzarnos en interpretar el futuro, aunque sea de manera balbuceante. El destino de mi país, de nuestros hijos y familias, depende de que nos preparemos a tiempo, desde las propias habilidades e identidades, para enfrentar con dignidad ese futuro desconocido. Con todo, la calidad feble de nuestras interpretaciones nos obliga a estar abiertos a la pluralidad de las mismas.

En la tarea de manejar nuestra precariedad ante el futuro, necesitamos practicar la anticipación. Esta no es más que una especulación resolutiva que nos permite "escuchar" -en el ahora- los ecos de ese futuro que se nos viene y, del cual, ya podemos observar cómo llegan sus primeras avanzadas. Así, las buenas anticipaciones no son un predecir, sino un imaginar a partir de la historia. Desde este concepto, debemos saber que toda anticipación es incompleta y lleva a cuestas su propia carga de sesgos. Sin embargo, son herramientas útiles si las empleamos con la conciencia que son interpretaciones que facilitan la discusión, el diálogo y la comprensión entre distintas sensibilidades. Esta visión, además, facilita la lectura del pluralismo no como una manifestación del relativismo, sino como el resultado de las diversas fibras históricas que tejen nuestra sociedad.

Desde este espíritu, me atrevo a decir que existen -al menos- tres fenómenos respecto de los cuales debemos mantener una mirada atenta y un acucioso seguimiento. Estos aparecen al escudriñar en el horizonte de los próximos 50 años. El orden en que los presento no guarda relación con su importancia, pero sí con la inminencia de cada uno.

En lo inmediato, ya presenciamos la revolución de la banda ancha. Con su irrupción comienzan a desaparecer conceptos tales como el de "larga distancia" en telefonía y se volatilizan los problemas relacionados con la lentitud de la transferencia de datos e imágenes que hoy frenan a la internet. La magnitud de este Far West tecnológico sólo se puede apreciar desde dos vertiginosos ejemplos: hoy ya existe la fibra óptica capaz de transmitir -por una sola línea- todas las comunicaciones del planeta. La misma tecnología permite -si alguien se lo propone- transmitir todo el contenido de la Biblioteca del Congreso de los EE.UU. -la más grande del mundo- en tan sólo tres segundos. Piense cuánto tarda en enviar una fotografía por su actual e-mail y comprenderá las velocidades que se manejan en las tecnologías de punta. Estos cambios tendrán sus consecuencias: todos los habitantes del mundo vivirán en tiempo real respecto de cualquier zona de la tierra por muy lejana que sea. El planeta será como una pequeña nave espacial en la que todos se podrán comunicar con la misma naturalidad de quien usa un sistema de citófonos. En este escenario, no habrá empresa de telecomunicaciones que pueda decir que está a salvo de su competencia: las barreras de entrada a su negocio serán más bajas que nunca. Los consumidores tendremos un gran poder y muchos precios caerán en forma dramática. Viviremos atrapados -pero a la vez potenciados- por una red de computadoras y aparatos miniaturizados (agendas o billeteras electrónicas) vinculados por medio de fibras ópticas o redes inalámbricas. El mundo se jibarizará y nos volveremos omnipresentes todos respecto de todos. El impacto será severo en el trabajo, la educación, el entretenimiento, las relaciones interpersonales y, por supuesto, en la brecha entre ricos y pobres.

Desde otro ángulo, comenzamos a vivir el cataclismo que representan las innovaciones en la genética. En ésta, la decodificación casi completa del genoma humano se prepara a cuestionar -por medio de la clonación de seres vivos- nuestras más íntimas creencias sobre la propia identidad y dignidad. Aquí, tendremos que estar atentos a los alcances biotecnológicos que se siguen de estas nuevas potencialidades y a sus delicadas consecuencias éticas.

Tras todas estas oleadas tecnológicas, se aproxima una que nos abre el universo inimaginable de lo minúsculo. Me refiero a la nanotecnología. Esta es la intervención o manipulación en el ámbito del átomo y sus vecindades. Esta técnica opera a escalas que van desde el espacio que separa un átomo de otro, hasta las distancias que se generan en un grupo de 400 de dichas partículas básicas. Así se habla, en la convención anglosajona, de nano centímetros (la mil millonésima parte de un metro) o de un nano segundo (la millonésima parte de un segundo). Estas nuevas habilidades en la manipulación de lo extremadamente pequeño, a la larga, sustituirán a la química tradicional, gracias a su grado de precisión nunca antes soñado por el hombre. Pero estos hallazgos no son sólo teoría: ya existe -en el laboratorio Nasa Ames, en California- un tubo de carbón que, gracias a la manipulación nanotecnológica, es cien veces más resistente que el acero y pesa 46 veces menos que dicho metal. Hace 15 años, la nanotecnología parecía ciencia-ficción. Hoy, en cambio, se ve como una posibilidad real para el año 2010. ¿Quién, entre nosotros, está pensando las consecuencias de estas transformaciones para un país productor de materias primas como Chile? ¿Estamos al borde de vivir un colapso como el sufrido hacia 1920 por la invención del salitre sintético en Alemania? La interacción y sinergia que se produce entre computación y comunicación, por un lado, y entre ingeniería genética y nanotecnología por otro, generará un mundo por completo nuevo. De él no sabemos mucho: puede ser una caja de Pandora portadora de horrores y sorpresas, pero también puede traer bienestar y consuelo al sufrimiento humano. Respecto de nosotros, como nación, sólo nos resta una salida: procurar un cambio radical en nuestra capacidad de aprendizaje y adaptación para así jugar un rol digno en el nuevo mundo que está en construcción.

Es tiempo que, como chilenos, nos preocupemos de este tsunami tecnológico que amenaza arrasarnos. Es nuestro deber procurar un futuro decente para aquellos ciudadanos que aún no tienen edad para votar y que sufrirán si hoy carecemos de visión. Ya pasaron las elecciones municipales con sus pasiones y rencillas locales. Es hora de darnos cuenta que los problemas que nos aquejan -reactivación lenta, desempleo, desconfianza entre los inversores- son, en parte, generados por las oleadas de cambio que nos azotan desde el futuro. Si somos lúcidos, veremos que los nichos de oportunidades para Chile comienzan a cerrarse y que no nos quedan más de diez años de vida si insistimos en exportar sólo materias primas. Entonces comprenderemos el ridículo de deprimirnos por haber perdido cinco alcaldías o caer en la euforia por haber ganado más municipios de lo esperado. En ese momento, nos percataremos que Chile es una nuez y que de todos depende que sobreviva al maremoto tecnológico que se nos viene encima.